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Fonds d'ecran USA Photographie de paysage Montagnes

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La guitarra del blusero B.B. King se llamaba Lucille; los abuelos de mi esposa bautizaron como Enrique a su Seat 126; mi amiga Julieta le puso Bianca a su portátil Mac; Tom Hanks nombró Wilson a una pelota de vóley; y, adentrándonos un poco en la temática de hoy, la legendaria espada del Rey Arturo es conocida como Excálibur. Como se ve, y por curioso que parezca a primera vista, darle nombre a objetos aparentemente sin vida es una tendencia muy difundida en general y tiene una tradición milenaria, especialmente en la India, donde todavía a día de hoy se hacen rituales a los utensilios de cocina, libros de estudio, instrumentos musicales, vehículos o las herramientas de trabajo como forma de adoración y de propiciar su buen uso y provecho durante el año.Esta visión india de un espíritu esencial en todos los seres y objetos hace muy natural darle nombre a elementos que, en estrecha relación con el hombre, se convierten en compañeros cotidianos. En el contexto de la gran épica del Mahābhārata (Mahabhárata), donde los protagonistas son guerreros, esos objetos que expresan vida son las armas y las trompetas de guerra y por ello muchas veces reciben nombre propio. De hecho, y mostrando más paralelismos, en la tradición medieval castellana el Cid Campeador posee una espada llamada Tizona.Volviendo al Mahābhārata, cuando digo “trompetas” de guerra también podría decir, haciendo la ogía con otras culturas, “clarines” o incluso “cuernos” y me refiero en realidad a las caracolas de mar, llamadas śaṅkha (shankha) en sánscrito, que cumplen la función de llamar a la batalla y, según el caso, de atemorizar al enemigo.La sacralidad de la caracola en la tradición hindú no se limita a su uso bélico, sino que tiene directa relación con su sonoridad y su relación con la vibración original AUM (OM). El sonido que se escucha al acercar el oído a una caracola para algunos es el del mar (las aguas primordiales) y para otros la vibración de OM. Asimismo, el sonido profundo que sale de una caracola al ser soplada tiene gran semblanza con esa reverberación primera y universal.Todavía en la actualidad, soplar la caracola es un símbolo hindú muy frecuente en el ámbito religioso y un gesto considerado auspicioso. Se entiende que su sonido es purificador en sí mismo. Por ello, la caracola que se utiliza suele ser blanca, símbolo de pureza y brillo divinos y, de hecho, se afirma que nunca pierde ese color. Hay un dicho en lengua tamil que dice: “Incluso si quemas una caracola, ésta seguirá siendo blanca”.A la vez, en los rituales tradicionales hindúes se utiliza la caracola como recipiente para ofrecer o verter agua a una imagen sagrada, en parte por su relación con el mantra OM y en parte por su asociación natural con el elemento agua. En los Purāṇa, los textos antiguos que tratan la historia, la mitología y la cosmología hindú, se explica que entre los elementos maravillosos que nacieron del batido del océano primordial estaba el śaṅkha (masculino en sánscrito) o caracola, que además vino a convertirse en uno de los principales atributos del dios Viṣṇu (Vishnu), con su sonido pudiendo simbolizar “el llamado de lo Divino”.Swami Premananda bañando una imagen durante un ritual tradicional.Hablando de llamados, es en el campo de Kurukṣetra, a punto de comenzar la gran guerra relatada en el Mahābhārata, cuando los estertores de las caracolas se sienten con mayor fuerza que nunca. Y de todas las caracolas que suenan, hay seis que destacan especialmente, no solo por sus nombres propios sino, sobre todo, por sus poseedores: Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) y los cinco hermanos Pāṇḍava (Pándava), defensores del dharma.El Señor Kṛṣṇa, que es un rey y un guerrero aunque en esta guerra solo hace de auriga y consejero, es en realidad un avatāra de Viṣṇu, un descenso a la Tierra del dios sustentador del universo que tiene entre sus símbolos principales, como ya vimos, una caracola. Por tanto, el śaṅkha en manos de Kṛṣṇa se puede interpretar naturalmente como el mismo śaṅkha del Señor Viṣṇu, cuyo sonido despierta en el hombre su anhelo, siempre latente, por lo Supremo.Este simbolismo no es poca cosa, aunque hoy me interesan los nombres. Y la caracola de Kṛṣṇa se llama Pāñcajanya (panchajanya), cuya etimología está relacionada con “los cinco (pañca) tipos de seres (jana)”. Estos cinco tipos de seres serían, según algunas versiones, los dioses (deva); los seres humanos (jana); los ancestros (pitṛ); los músicos y ninfas celestiales (gandharva y apsara); y las serpientes semidivinas relacionadas con el agua (nāgā). En otras versiones también se incluyen a los seres maléficos o demoníacos (asura y rākṣasa).Por tanto, y siguiendo con el simbolismo que veníamos viendo, se podría entender que ese “llamado divino” de la caracola es para todos los seres y razas, sin importar su condición.Por otro lado, y como siempre pasa con el hinduismo y su multiplicidad de “verdades”, la sagrada escritura del Śrīmad Bhāgavatam cuenta otra versión de cómo Kṛṣṇa obtuvo su caracola (10:45.30-31 y siguientes):Después de residir como estudiante en el āśrama (ashram) del sabio Sāndīpani (Sandípani) y ya cumplidos sus estudios, el joven Kṛṣṇa siguió la tradición de ofrecer una guru–dakṣiṇā u ofrenda por las enseñanzas recibidas y preguntó al maestro cómo podía pagarle. Sāndīpani contó que, muchos años atrás, su hijo se había ahogado en el mar y que ni siquiera había podido encontrar su cuerpo, por lo que volver a ver  a su hijo vivo sería el mejor regalo que podría recibir.Sin dudarlo, Kṛṣṇa viajó hasta la costa y exigió al señor de los océanos que devolviera al joven ahogado pero el océano respondió que el culpable no había sido él, sino un demonio llamado Pañcajana, que vivía debajo del agua, adoptando la forma de una caracola marina. Al escuchar esto, Kṛṣṇa se sumergió en el océano, encontró al demonio y lo mató aunque no encontró al hijo de su maestro. Entonces tomó la caracola que se había formado con el cuerpo muerto del demonio y se fue al reino del dios de la muerte, Yamarāja.Una vez allí, Kṛṣṇa hizo sonar su recién adquirida caracola y, escuchándola, Yamarāja se presentó rápidamente, ofreciendo respetos. Kṛṣṇa dijo que venía a buscar al hijo de su guru, y el dios de la muerte se lo entregó sin reparos. De esta forma, Kṛṣṇa cumplió con su donativo para Sāndīpani. Desde entonces, la caracola de Kṛṣṇa se conoce como Pāñcajanya, que simplemente querría decir “relativa al demonio Pañcajana”.Sin duda, la caracola de Kṛṣṇa es la más conocida e importante, pero también me dan mucha curiosidad las de los cinco Pāṇḍava y el porqué de sus peculiares nombres. He investigado y preguntado y las respuestas que presento aquí son solo aproximaciones, basado en la tesis de que ningún nombre es casual ni está exento de simbolismo, y de que cada caracola tiene una relación directa con la personalidad o la historia de su poseedor.Empecemos por Arjuna, el gran arquero, arquetipo del discípulo y del alma humana en su búsqueda de trascendencia. Su śaṅkha se llama Devadatta, que literalmente sería “dada por los dioses”, y de las cinco caracolas de los Pāṇḍava su historia es la más conocida y clara.Durante un año de los doce del exilio forzado de los Pāṇḍava, Arjuna viajó solo y, entre otras cosas, se dirigió a los Himalayas en busca de los dioses para obtener armas y bendiciones. Allí se encontró con Indra, el dios del cielo y el rayo, que de paso es también su padre. También se encontró y lucho con el Señor Śiva (Shiva) y estuvo con otros devas (Kubera, Yama). Todos ellos le dieron armas, incluyendo la mencionada caracola, que al parecer recibió del dios Varuṇa, rey de los mares. Así de simple… aunque la lectura entre líneas siempre puede ser más profunda.Como vimos, Arjuna es el discípulo por excelencia, dispuesto a abrirse, a escuchar la enseñanza y a seguir el camino del auto-conocimiento, y como me comentó mi amigo Joan, amante de los símbolos, ese anhelo espiritual se considera en muchas tradiciones como un “don Divino”, un regalo de Dios, pues sin ese ardiente deseo por la liberación (mumukṣutva, en sánscrito) no hay posibilidad de trascendencia. Por tanto, los dones que recibe Arjuna no se limitan a las poderosas armas o a su regio linaje, sino que también tiene el regalo más valioso: anhelo por Dios.El hermano mayor de los Pāṇḍava, Yudhiṣṭhira (Yudhíshthira), es hijo de Dharma, el dios del orden moral, la justicia y la virtud. Por tanto, el rey Yudhiṣṭhira es la manifestación humana del dharma, el orden y sostén del mundo y casi (digo “casi” porque en cierto momento él sucumbe a la tentación de un juego de dados, que es vital para la trama de la historia) todos sus actos y palabras están guiados por la rectitud, la nobleza y el bienestar colectivo.A pesar de su nombre, “firme en la batalla”, y de guiar las huestes de su ejército en la guerra, Yudhiṣṭhira tiene más bien el temperamento de un renunciante que de un guerrero. Sin embargo, su śaṅkha se llama Anantavijaya, es decir “victoria (vijaya) eterna (ananta)”.Desde el punto de vista bélico el nombre podría ser apropiado, ya que el ejército de Yudhiṣṭhira fue el vencedor de la guerra, aunque solo en el sentido de recuperar el reino porque a nivel emocional, familiar y social fue una inolvidable tragedia para todos, incluyendo los pocos sobrevivientes.Por tanto, y esta es solo mi hipótesis, la cualificación de “siempre victorioso” podría estar más relacionada con la idiosincrasia dhármica de Yudhiṣṭhira, pues si hay algo que siempre vence es el dharma, la ley cósmica en armonía con el orden universal.Por ello en el Mahābhārata se repite con frecuencia la idea (XI.14, por ejemplo):“yato dharmastato jayaḥ”Es decir:“Allí donde está el dharma, allí está la victoria”.El más fuerte de los Pāṇḍava, el glotón y temperamental Bhīma, es también un grandulón de buen corazón, siempre y cuando no se metan con él. Su nombre significa “el terrible” y en la batalla es implacable y sin duda difícil de derrotar. Su caracola se llama Pauṇḍra, y quiere decir “relativo a Puṇḍra”, que es el nombre de una antigua región al noreste de la India, de sus habitantes y también de uno de sus reyes.Según el Mahābhārata, estas tierras estaban habitadas por tribus “bárbaras” que no respetaban la religión védica y es por ello que, antes de la gran guerra, el terrible Bhīma hizo una expedición para someterlas, con éxito, al reino de su familia.No he podido encontrar referencias textuales directas ni datos detallados, pero la hipótesis principal es que Bhīma obtuvo su caracola durante sus conquistas por el noreste (quizás actual Bengala Occidental) y de ahí su nombre. Cuando llegó la hora de la gran guerra, y sin que esto sea una sorpresa, los puṇḍra junto a otras tribus de aquella zona se alistaron con el ejército de los Kauravas, los enemigos de los Pāṇḍava.Si la hipótesis es correcta, de punta se les deben haber puesto los pelos a los pobres puṇḍra cuando escucharon su propia caracola sonar de la boca del guerrero más terrible de todos, hijo de Vāyu, el poderoso dios del viento.Nakula (Nákula) y Sahadeva, los dos Pāṇḍava restantes, son gemelos y son hijos de los Aśvin (Ashvins), dioses védicos también gemelos, relacionados con los caballos, la agricultura, la medicina y también con el ciclo del día y la noche. En los textos antiguos se explica que los Aśvin son jóvenes, bellos y benevolentes.Pues, de tal palo tal astilla: entre las descripciones de Nakula y Sahadeva en el Mahābhārata encontramos frases que los definen como “los seres más hermosos de entre todas las criaturas”; “de belleza sin igual en la tierra”; o “de rasgos hermosos y siempre dedicados al servicio de sus mayores”.En concordancia con estos atributos de belleza y energía, la caracola de Nakula se llama Sughoṣa (sughosha) y la de Sahadeva Maṇipuṣpaka (manipúshpaka). Veamos detalles…Sughoṣa quiere decir “bien sonante” o, más poético, “dulcisonante” y podría ser un nombre apropiado para alguien hermoso o, más bien, para alguien mesurado y respetuoso que usa las palabras de forma justa para complacer a los demás. Lo único curioso para mí es la etimología del nombre Nakula, que tradicionalmente se suele definir en relación a su hermosura y que, revisando distintas fuentes, no puedo confirmar.De hecho, la principal acepción del término nakula es “mangosta”, un mamífero similar a una comadreja o un tejón, y cuya especie principal en la India es de color “gris”. Una de sus características principales es que come serpientes y no se ve afectada por su veneno. En términos mitológicos la mangosta está relacionada con el deforme Kubera, el dios de las riquezas y protector de los tesoros, y también jefe de los espíritus del bosque (yakṣa).Es un tanto extraño que alguien tan hermoso como Nakula tenga el nombre de “mangosta”, que no es un animal considerado especialmente bello, aunque sí muy auspicioso por ser enemigo de las serpientes y dador de riquezas. A la vez, se podría entender que a pesar de su carácter reservado y no feroz, Nakula no teme enfrentarse a sus enemigos, por más letales que puedan parecer.Siguiendo esta pista, en el Veṇīsaṁhāra, una obra teatral india de alrededor del siglo VI-VII E.C. que adapta algunos hechos del Mahābhārata, aparece una escena en que la esposa de Duryodhana, el jefe de los Kauravas, sueña que una mangosta (nakula) mata a cien serpientes. En la obra esto se considera un presagio de que los Pāṇḍava matarán a los cien hermanos Kaurava.Yendo un poco más allá con esta ogía Nakula-mangosta, desde el punto de vista biológico parece ser que, en la fase del cortejo y en el momento del apareamiento, las mangostas emiten un sonido agudo, que yo personalmente nunca he escuchado y que quizás se pudiera relacionar con el “dulcisonante” de la caracola.En cuanto a Sahadeva, cuyo nombre significa “con los dioses” o “que tiene a los dioses con él”, podemos decir que su caracola Maṇipuṣpaka podría traducirse como “joya florida”, que es un título muy evocativo en relación, otra vez, a su hermosura física y sus nobles cualidades.No he encontrado pistas viables sobre el origen de esta caracola, aunque por el nombre uno se la imagina, o bien envuelta en una guirnalda de flores, o bien engarzada con gemas, quizás porque una de las acepciones de la palabra puṣpaka es un tipo de “brazalete enjoyado”.Siempre buscando una segunda lectura más espiritual, uno podría decir que una persona que es bella, inteligente y que posee grandes conocimientos y a la vez se mantiene humilde y servicial es, sin duda, una “joya” y, por supuesto, nunca dejará de tener a “los dioses” a su lado.2 comentariosEntre las búsquedas más populares que llevan a este blog se encuentra la frase “Mahabharata español pdf”. Asimismo, recibo muchos comentarios pidiendo un enlace donde encontrar una versión española de la gran épica india y la verdad es que, hasta hoy, no tenía un buen dato que compartir.A nivel de libros editados en lengua española existen algunas versiones del Mahābhārata disponibles y recomendables, como el gran emprendimiento de Editorial Hastinapura de Argentina, que publica la versión completa del Mahābhārata (12 tomos) por primera vez en español. El problema es que no todos quieren leerse una versión tan larga, que también requiere una inversión monetaria y que, además, no es nada fácil de conseguir fuera de Argentina.En este blog también he nombrado varias veces la buenísima trilogía del Mahābhārata en cómic, a cargo de Gol y que es muy fácil de conseguir en España, aunque es una adaptación en formato visual. Hablando de resúmenes, existe también una versión abreviada (224 pág.) de R.K. Narayan, publicada por Kairós, que está bien aunque es condensada y otra contada por Serge Demetrian según la tradición oral (400 pág.), que no pierde su espíritu de narración popular.Yo soy todavía de la vieja escuela y aún cuando la vida profesional me lleva a estar mucho frente a la pantalla, prefiero leer libros en papel (ya sea comprados, pedidos en la biblioteca o prestados) y tengo la suerte de leer en inglés, lo cual me abre mucho las posibilidades de encontrar buenas versiones. De todos modos, entiendo que para muchas personas sería útil tener el Mahābhārata en español en sus pantallas y ninguna de las versiones nombradas más arriba está disponible.Por eso me pareció muy interesante el enlace que un lector anónimo dejó en el blog, dirigiendo a una versión española del Mahābhārata a cargo de Emilio Faro, un profesor de matemáticas de la Universidad de Vigo (España). En el preámbulo de su trabajo, Emilio explica que su versión en español es “en su mayoría, una traducción de la versión en inglés de Kamala Subramaniam”, una versión muy famosa (de 850 pág.), que yo también tengo en casa y que me gusta mucho.Como el mismo Emilio explica, “para realizar esta traducción he tomado como punto de partida una versión en español de Julio Pardilla publicada en 1997 por la editorial Edicomunicación en dos volúmenes”. Ese libro, ahora fuera de catálogo y casi inhallable, era al parecer también una traducción directa de la misma versión de Kamala Subramaniam antes mencionada.En palabras de Emilio, “la motivación inicial cuando empecé con el proyecto del Mahabharata era la de hacer llegar a las personas más allegadas a mí, de habla hispana, la versión en inglés de la señora Kamala Subramaniam. Pero para cuando hube terminado esa fase el propio Mahabharata me había atrapado de tal manera que no podía dejar de ahondar en él buscando los detalles de tal o cual ‘episodio colateral’”.Dada la inmensidad de la obra original, el trabajo al que se enfrenta Emilio es apasionante pero titánico, especialmente si no se dedica de forma profesional a ello y lo hace en sus ratos libres. Es por eso que el texto que ahora comparte online es una versión “en progreso, no tan completa como la que pretendo conseguir, poco adecuada para su difusión y que amplía un poco la versión en inglés de Subramaniam”. Esas ampliaciones están basadas básicamente en la extensa traducción del sánscrito al inglés de K.M. Ganguli y la adaptación en inglés de P. Lal.Por tanto, la versión de Emilio Faro se trata de una traducción del inglés al español y no del sánscrito, aunque en el pasado sí haya estudiado las bases de este antiguo idioma, lo cual no es fundamental para una traducción pero sí que ayuda. En este sentido, Emilio me contó que la filosofía yogui le interesó desde joven, así como la Bhagavad Gītā, incluso antes de saber que era parte del Mahābhārata. Además, ha estado varias veces en la India y ha practicado yoga y meditación “intermitentemente” toda su vida.Curiosamente, un evento que dio un empujón a este interés espiritual fue el doctorado en matemáticas que Emilio hizo en Buffalo (Estados Unidos) en los años 80’s, donde tenía muchos compañeros hindúes con los que leían textos de yoga y filosofía hindú. Emilio dice que en ese entonces el Mahābhārata ya le “fascinaba”,  y aunque todavía no lo imaginaba, con los años ha dedicado gran parte de su tiempo a intentar difundir esta obra en lengua española.Su esperanza y su desafío, con esta difusión, es que su versión española “produzca un impacto semejante al planeado por el autor original para los lectores de su tiempo”. Si ha tenido éxito o no lo decidirán los lectores, y aunque no sea una versión profesional o revisada por un editor, lo cierto es que debemos agradecer a Emilio Faro el hacer público el fruto de su trabajo de varios años para beneficio de los lectores hispano-hablantes.La versión actual, de unas 570 pág., puede encontrarse clicando aquí.3 comentariosHay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:“¿Cuál es la máxima felicidad?”.A lo que Yudhiṣṭhira responde:“La máxima felicidad es el contentamiento”.Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.4 comentariosLa palabra sánscrita ahiṁsā ha sido popularmente traducida como “no violencia”, en especial con relación al Mahatma Gandhi y sus métodos político-espirituales en favor de la independencia de la India. De todos modos, creo que dicha traducción, aunque no incorrecta, no expresa de forma completa el significado de un concepto muy importante en el hinduismo, como así también en el budismo y el jainismo. Si vamos a la etimología,a-hiṁsā viene de la raíz verbal hiṁs (y ésta a su vez deriva de han), que significa “lastimar, dañar, herir, golpear, matar, destruir”.Si le preguntáramos de forma aleatoria a cualquier persona en la calle, la mayoría diría que está en contra de la violencia, por supuesto, pero siempre tomando “violencia” como una agresión física o algún tipo de pelea. Cuando uno dice “no violencia” generalmente no piensa en formas de violencia menos visibles, ni en violencia verbal o, más sutil aún, violencia de pensamiento. Esa es la razón por la que encuentro que la traducción “no dañar” es más apropiada para expresar la idea completa y espiritual incluida en ahiṁsā.Para la mayoría de yoguis, el concepto de ahiṁsā es muy conocido porque es el principal yama (regla ética) en el camino de los ocho pasos del Rāja Yoga, tal como los plantea el sabio Patañjali en los Yoga Sūtras, para llevar a una persona al estado de “interiorización completa” (samādhi). De hecho, todas estas reglas se basan y fundamentan en la práctica de “no dañar” y, como dice Sri Dharma Mittra, “sin Yamas no hay Yoga”. En este sentido, en la tradición hindú existe una máxima sánscrita:ahiṁsā paramo dharmah Cuya traducción posible sería:“no dañar es el deber supremo”El término dharma tiene varios sentidos y es imposible de traducir en una sola palabra pero “deber” o “ley” son aproximadas en este caso. Swami Sivananda, por ejemplo, se pone menos literal – pero no por ello menos certero – y en su libro La Ciencia del Pranayama (p. 144) traduce: “ahiṁsā es la primera virtud que debe tener un aspirante espiritual”. Si bien está máxima (ahiṁsā paramo dharmah) fue muy difundida por Gandhi, al parecer su origen textual se remonta al poema épico del Mahābhārata (Mahabhárata), cuya composición tiene unos 2.500 años de antigüedad (o quizás más). En dicha obra la frase aparece en diversas ocasiones y sobre distintos temas, como cuál debe ser el comportamiento de un brahmán; qué es la conducta virtuosa; o la no necesidad de utilizar animales para sacrificios rituales.En el contexto de abstenerse de ofrecer o comer carne aparece el consejo del gran patriarca y sabio Bhīṣma (Bhishma) que, en su lecho de muerte y justo en medio de una guerra, dice (Mahābhārata, 13.117.38):“No dañar es la ley (dharma) más elevada. No dañar es el auto-control (dama) supremo. No dañar es la caridad (dāna) suprema. No dañar es la auto-disciplina (tapas) suprema. No dañar es el ritual de sacrificio (yajña) supremo. No dañar es la fuerza (bala) suprema. No dañar es el amigo (mitra) supremo. No dañar es la felicidad (sukha) suprema. No dañar es la verdad (satya) suprema. No dañar es la enseñanza revelada (śruta) más elevada”.Bhīṣma en su lecho de muerte compartiendo su conocimiento.Obviamente, el primer paso para poner en práctica ahiṁsā es evitar la violencia física, lo cual incluye la abstención de comerse otros seres. Por tanto, el vegetarianismo es considerado un requisito ineludible para todo aspirante espiritual serio. Teniendo en cuenta el estado actual de la industria láctica, incluso ser vegetariano puede ser insuficiente, ya que el daño que se causa a otros animales consumiendo leche y sus derivados es muy grande (inyectado de hormonas a la vaca; separación del ternero recién nacido de su madre; extracción continua y antinatural de leche; encierro y mínimo espacio para vivir, etc.), sin hablar de las consecuencias ecológicas para el planeta. Por ello, se dice que la dieta vegana (es decir, nada de producción animal) es la que, en estos tiempos, mejor respeta la enseñanza de ahiṁsā. En caso de consumir lácteos, se recomienda entonces que sean de la industria orgánica o “bio”, para reducir el impacto. Como vegetariano que soy (y casi 100% vegano) más de una vez me han hecho la clásica pregunta: “¿Y acaso las plantas no sufren cuando las comen?”. Pues claro que pueden sufrir. De hecho, el mismísimo Gandhi dijo que “el hombre no puede vivir ni un minuto sin cometer, consciente o inconscientemente, daño (hiṁsā). El sólo hecho de vivir (comer, beber, moverse) necesariamente implica algo de hiṁsā, destrucción de vida, aunque sea ínfima. Por lo tanto, quien ha hecho el voto de ahiṁsā permanece fiel a su voto si la fuente de donde nacen todas sus acciones es la compasión, si evita lo mejor que puede la destrucción de la criatura más minúscula, trata de salvarla y así incesantemente se esfuerza por liberarse de la espiral de hiṁsā” (en La historia de mis experimentos con la verdad, Parte IV, texto 39). Por supuesto, la comida y la violencia física son sólo la “punta del loto” y practicar el no-dañar en palabra y pensamiento es seguramente más difícil. Lo que pasa es que uno, en general, empieza desde lo más burdo a lo más sutil, aunque los dos niveles puedan entrelazarse en el camino. En cualquier caso, para mí la palabra clave es compasión y, basado en las enseñanzas de mis maestros, creo fundamental desarrollar esa cualidad tanto para poder desarrollarme espiritualmente, como para que los demás seres sean más felices y para que yo mismo sea más feliz.Actuar siempre desde el amor y la compasión, sin guardar rencor, envidia ni otros malos sentimientos, debe ser hermoso y liberador. A por ello.3 comentariosSegún dicen, cuando alguien tiene un hijo se pone monotemático y, aparte de poner la foto del retoño como fondo de pantalla en el móvil, sólo habla de la consistencia de sus cacas, de su temprana inclinación a la música y de su ya manifiesto y fuerte carácter. Si, además, uno tiene un blog, aprovecha cualquier excusa para hablar de su hijo, siempre dándole al tema aires intelectuales o hasta espirituales.Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero justamente hoy quiero comenzar contando que desde hace un par de semanas nuestra hija dice “babau”, que en paidolecto (es decir, el lenguaje infantil) significa “perro”. No sabemos quién le enseñó ese idioma porque en casa hablamos español y, cómo máximo, le enseñamos a ladrar (que, por si no lo saben, se dice “guau, guau”, al menos en español).La cuestión es que la niña ya reconoce un perro, sea de carne y hueso o dibujado, y le encantan, como es normal en una nena con extra-ordinaria atracción hacia los animales. Es verdad que hubo un momento de ambivalencia cuando ella confundió el dibujo de un oso con un perro, pues la verdad que son dos especies que se parecen, pero ahora las diferencias ya están claras, aunque el sonido del oso no lo tenemos muy definido en nuestro hogar.Todo esto es para decir que, en casa, últimamente decimos mucho “perro” y, por otro lado, estoy leyendo el excelente libro El hinduismo de Swami Satyananda Saraswati, que a cada página me instruye y me da inspiración para nuevos posts, en este caso recordándome la historia del perro en el Mahābhārata (Mahabhárata).La gran obra épica de la India, que de tan monumental sostiene que “aquello que no se encuentra en ella no puede ser encontrado en otro sitio”, tiene un final tan grandioso y conmovedor como el resto del texto. No pretendo contar el final en detalle, no se preocupen, sino un conocido fragmento relacionado con el tema canino que nos compete hoy.Después de que la cruenta batalla familiar entre Pāṇḍavas (Pándavas) y Kauravas (Káuravas) llegara a su fin y los hermanos Pāṇḍavas reinaran por 36 años con rectitud y prosperidad, llegó el triste día en que Kṛṣṇa (Krishna) – su pariente, amigo, protector y Señor – dejó su cuerpo material y regresó a la esfera celestial. Con esta noticia, los Pāṇḍavas no encontraron sentido a seguir viviendo y se aprestaron para su último viaje, en dirección a los Himalayas.De esta forma, el recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), el mayor de los Pāṇḍavas, dejó el trono para coronar a su sobrino-nieto Parīkṣit (Parikshit), el único heredero legítimo y, junto con sus cuatro hermanos – Bhīma, Arjuna (Árjuna), Nakula (Nákula) y Sahadeva – y su esposa común Draupadī (Dráupadi), emprendieron una peregrinación hacia el elevado monte Meru, considerado centro del universo y puerta de entrada al Cielo (svarga). Ni bien salidos desde la capital del reino, a estos seis dignos personajes se les unió un séptimo viajero anónimo: un perro, que en sánscrito se dice śvan (shvan).Después de una dura travesía y a medida que subían las empinadas laderas del monte Meru, la reina Draupadī se desplomó y cayó muerta. A pesar del dolor, los cinco hermanos siguieron adelante, pues entendían que el alma es inmortal y el cuerpo físico está destinado a perecer. Al poco tiempo, Sahadeva, el menor de los Pāṇḍavas, también cayó muerto, pero la procesión siguió su curso. El siguiente en caer fue Nakula, famoso por su belleza. Arjuna, el gran guerrero, viendo a sus hermanos y su esposa muertos sintió gran pena y también, allí mismo, abandonó su cuerpo. Finalmente, Bhīma, poseedor de gran fuerza, también hizo su última exhalación entre las rocas de la montaña.Sin mirar atrás, Yudhiṣṭhira siguió su camino, ahora con un único compañero: el fiel perro.Entonces, un brillo especial surgió junto a un fuerte sonido para marcar la aparición de Indra, el rey de los devas, el Señor del Cielo, que se presentaba montado en su carruaje celestial para informar a Yudhiṣṭhira que había llegado al final de su viaje y para invitarle a subir al carro y entrar al ansiado Cielo. Yudhiṣṭhira se sintió honrado pero no quería marcharse sin sus hermanos ni su esposa, aunque Indra le explicó que su familia ya estaba esperándole en el Cielo y que sólo habían abandonado el transitorio cuerpo físico. Sin embargo, él, Yudhiṣṭhira, tenía el raro privilegio de poder entrar al Cielo con su propio cuerpo físico.Ya decidido a subir al carruaje, Yudhiṣṭhira dijo: “Este perro me es extremadamente fiel. Me gustaría llevarlo conmigo al Cielo”.Indra se rió de esta idea y respondió: “Se te asegura inmortalidad y prosperidad sin límites; eres la persona más afortunada del mundo. No pierdas todo por amor a un perro. No hay lugar en el Cielo para los perros”.Yudhiṣṭhira, ejemplo de la rectitud, dijo: “Señor, me estás pidiendo algo que no puedo hacer. Para alguien que se comporta de forma recta, es muy difícil actuar sin rectitud”.Pero Indra repitió: “No hay lugar para los perros en el Cielo”.Para entender mejor la naturaleza del conflicto hay que saber que, tradicionalmente, el estatus de un perro en la India es mucho más bajo que en occidente. Si bien, para el hinduismo, todos los animales son considerados sagrados, hay una jerarquía muy clara liderada por la vaca y en la que el perro es, quizás, el último de la fila. Como dice Álvaro Enterría en La India por dentro, “en la India los perros son vagabundos, sin raza definida, a menudo llenos de parásitos y enfermedades de la piel… Son generalmente maltratados, pero ocasionalmente podremos también ver a gente dándoles de comer”.La mayoría de deidades hindúes tienen un vāhana (váhana) o vehículo, que es a la vez transporte y símbolo, y el único dios que tiene un perro como montura es Bhairava, una manifestación especialmente feroz del Señor Śiva (Shiva), que se considera guardián y protector de templos y aldeas. Tener como vehículo a un perro es un símbolo de transgresión y de estar fuera del orden social ortodoxo. Desde otra mirada, también puede significar una gran compasión para todos los seres, incluso los más “bajos”.De hecho, esta es la interpretación de Yudhiṣṭhira que siguiendo su discusión con Indra concluye: “Se dice que abandonar a alguien que nos es fiel es un terrible pecado. Mi regla es nunca abandonar a alguien que dependa de mí… Atemorizar a alguien que busca protección, matar una mujer, robar las pertenencias de un brāhmaṇa (bráhmana, miembro de la casta sacerdotal) o lastimar un amigo, cualquiera de estas cuatro acciones es igual a abandonar a alguien que nos es fiel”.Entonces, el perro que hasta ahora no había dicho nada, cambió su apariencia y se convirtió en la deidad del Dharma, que en realidad era su verdadera forma. Como corresponde a una persona tan recta como Yudhiṣṭhira, él es hijo de Dharma, la deidad que personifica el orden y la ley universal que debe ser respetada para el bienestar de todos los seres. Incluso el bienestar de un perro callejero aunque eso signifique perder la entrada al Cielo.En realidad, todo era una prueba de su padre para verificar que la adherencia de Yudhiṣṭhira al dharma (que incluye compasión a todos los seres como base) era total. Por tanto, Yudhiṣṭhira subió al carruaje de Indra y juntos entraron al Cielo, donde la gran obra todavía nos tiene reservada una sorpresa que no contaré hoy.Popularmente, siempre he escuchado que el nombre del perro que acompañó a los Pāṇḍavas es “Dharma”. Sin embargo, en los textos que he consultado, tanto en traducción como en sánscrito, el can no lleva nombre propio. Supongo que como es el mismo dios Dharma en forma de perro, se deduce que su nombre es, pues, Dharma. De todos modos, durante el camino los Pāṇḍavas no parecen haberlo tratado con un nombre particular, al menos eso no se hace explícito.Por supuesto, Dharma es un bonito nombre y las diferentes versiones sobre ciertos detalles de las Escrituras son una de las riquezas del hinduismo. En cualquier caso, lo seguro es que al perro, en casa, por ahora le decimos “babau”.—————————————————————————————————————————PS: Todas las imágenes son de Gol y pertenecen al deleitante cómic Mahabhárata, la gran guerra del clan de los Bháratas. Se amplían al clicarlas.5 comentariosEn la historia central del gran poema épico Mahābhārata (Mahabhárata), uno de los momentos de mayor intensidad dramática sucede cuando el hermano mayor de los Pāṇḍava (Pándavas), que son quienes representan la defensa del dharma, pierde el reino y las riquezas de la familia jugando a los dados. Al punto de que, enajenado por el juego, también apuesta y pierde a sus hermanos, a sí mismo y finalmente a su propia esposa, la reina Draupadī (Dráupadi).Como consecuencia, Draupadī es llevada a la corte, frente a todos los hombres, y presentada como esclava de los Kaurava (Káuravas), el grupo que representa la falta de rectitud. Como punto culminante, se da la orden de quitar los ropajes reales del cuerpo de Draupadī, lo cual la dejaría desnuda frente a la asamblea masculina y sería una de las máximas humillaciones imaginables para cualquier mujer india, con más razón si es de familia real y carácter noble.Para ponerle más tensión, sus maridos, los Pāṇḍava, a pesar de estar presenciando el ultraje, no pueden rescatarla porque ellos también son ahora esclavos de los príncipes Kaurava.Entonces, ya sin recursos, Draupadī eleva una plegaria al Señor Kṛṣṇa (Krishna), que además de ser primo de la familia y protagonista de la historia, no es otro que Dios mismo encarnado en la Tierra. De esta forma, a medida que uno de los viles príncipes tira del sari de Draupadī y lo va desenrollando para desnudarla, aparece más tela que tirar, como si sus vestidos fueran infinitos. Después de largo rato de tirar y quitar en vano, se forma una montaña de ropajes y la reina sigue vestida e impoluta.La historia explica que es el Señor Kṛṣṇa quien, de forma invisible pero siempre protector del dharma, el orden universal, se encarga de salvaguardar la dignidad de Draupadī.Toda esta historia es para contar que la plegaria que Draupadī dirige a Kṛṣṇa antes de que le intenten quitar el sari está compuesta por unos versos que son bastante famosos, especialmente en canciones devocionales. A saber:śrī kṛṣṇa govinda hare murāre / he nātha nārāyaṇa vāsudeva // Si bien la plegaria original parece ser más larga, estos versos vienen a representar la entrega a Dios como último refugio y la idea de que para quien tiene devoción y fe en lo Divino nada es imposible. Los versos son básicamente nombres del dios Viṣṇu (Vishnu) en algunos de los diferentes aspectos de su encarnación como Kṛṣṇa , ya sea sus atributos físicos, sus cualidades espirituales o sus actividades “terrenales”, como pastor de vacas.Una posible traducción sería:Oh Tú, Venerable (śrī), el de complexión oscura (Kṛṣṇa), el que busca las vacas (Govinda), el que quita el sufrimiento (Hari), enemigo del demonio Mura (Murāri)/ Oh Señor (nātha), hogar de todos los hombres (Nārāyaṇa), hijo de Vasudeva (Vāsudeva) //Para darnos una idea de cómo pudo ser el momento de la invocación de Draupadī, pongo esta versión del mantra en voz femenina a cargo de Karnamrita Dasi (que es occidental):Para el oído occidental, quizás la versión más conocida sea una de Krishna Das, aunque no sea necesariamente canónica ya que mezcla otros mantras:Finalmente, una versión más tradicional con cantante indio:Esta semana tengo poco tiempo, así que no puedo alargarme más. De todos modos prometo que para la próxima publicaré una ramificación de este tema para profundizar en el mantra, en Kṛṣṇa como niño y en la devoción a Dios. ¡Qué la espera sirva para fomentar vuestro anhelo!8 comentariosSe cierra un ciclo. Desde hace dos años, cuando se publicó el Tomo I del cómic Mahabhárata: La gran guerra del clan de los Bháratas, hemos esperado pacientemente para tener en nuestras manos la trilogía completa. No sólo porque es el primer cómic en español que trata este poema épico indio con tanta profundidad, ni tampoco únicamente por la calidad artística de la obra, sino porque se trata de una historia tan atrapante y compleja que es imposible no preguntarse cuál es su final.Si los lectores tuvimos que esperar dos años, los artífices del proyecto, el editor afincado en India Álvaro Enterría y el dibujante e historietista Gol, dedicaron seis años de sus vidas en completar una empresa titánica. No hay que olvidar que la extensión de esta obra de 200.000 versos es, para situarnos, como leer siete veces La Ilíada y La Odisea juntas. Por eso, este resumen viñetado tiene el mérito de ofrecer la esencia del poema en un lenguaje actual, inteligible, pero fiel a la tradición histórica y espiritual de la India.Es decir, ya que no podemos – o no tenemos tiempo – de comernos la jugosa fruta del texto completo, el autor la ha exprimido para nosotros, ofreciéndonos el extracto principal, su néctar, con una presentación visual exquisita.Como ya expliqué al salir el Tomo II, en el Mahabhárata se ve representada la milenaria lucha del bien contra el mal, en que sus personajes principales se convierten en memorables arquetipos de las diferentes cualidades humanas, con todas sus bajezas y grandezas. El enfrentamiento entre los dos grupos de primos hermanos (Pándavas vs. Káuravas) representa la batalla entre el materialismo y la espiritualidad; entre la ceguera individualista y el dharma universal; entre el falso ego y la esencia verdadera de cada ser, que es idéntica en todos.Este enfrentamiento llega a su apogeo y se hace totalmente explícito en el tercer y último tomo, titulado con razón La batalla de Kurukshetra, pues los ingentes ejércitos de ambos bandos (hablamos de 3-4 millones de personas en total) se preparan para dirimir sus diferencias con una guerra fratricida que implica fuerzas de caballería e infantería, como así también carros con arqueros y elefantes. Se trata de una guerra de dimensiones descomunales y que, según la tradición espiritual, sirve para eliminar a una gran cantidad de reyes corruptos y así renovar la clase gobernante de la tierra india para la era que sigue.Es esta batalla, con sus giros inesperados, su tensión dramática y su impacto visual, la que forma el núcleo del Tomo III del Mahabhárata en cómic y, en realidad, de cualquier versión de este gran poema.Y ya que estamos hablando de núcleos, el verdadero corazón de la obra está en el inicio de la batalla, cuando Árjuna el gran guerrero de los Pándavas, situado con su carro entre los dos ejércitos, viendo la magnitud de la masacre que se avecina, viendo a sus parientes, tíos, primos y maestros en el bando rival, flaquea y decide no luchar. Este dramático momento, la debilidad del guerrero, con la que es inevitable sentir empatía, es el comienzo de la Bhágavad Gita (Bhagavad Gītā).La Bhagavad Gītā o “el Canto del Señor” es la enseñanza y el texto espiritual más conocido del hinduismo, pues en apenas 700 versos, una minucia dentro de la totalidad del Mahabhárata, Krishna (Kṛṣṇa), auriga y amigo de Árjuna, expone de forma directa y hermosa una síntesis de la filosofía espiritual de la India. No hay que olvidar que, en realidad, Krishna es Dios encarnado en la Tierra y su rol como auriga es parte de un plan Divino. De allí que sea capaz de explicar la doctrina trascendental con total claridad.De hecho, los tres caminos principales del Yoga, o sea Jñana = Conocimiento; Bhakti = Devoción; y Karma = Acción desinteresada, son claramente presentados por el Señor Krishna, para beneficio de todo buscador espiritual y para dejarnos claro que hay más de un sendero posible hacia la meta, dependiendo de la naturaleza y tendencias de cada persona.Esta profunda exposición del Señor Krishna encuentra su máxima expresión en el momento en que éste revela a Árjuna su forma suprema; es decir, ya no como amigo o cochero, sino como Dios universal. Personalmente, la presentación visual y textual hecha por Gol de este momento tan glorificado, comentado y izado durante milenios y por decenas de generaciones, me parece el punto apoteósico de esta trilogía. De hecho, se trata de una viñeta a página completa que, según creo, sería el póster ideal para cualquier pared que quiera decorarse siguiendo la tradición espiritual pero sin dejar de sentirse cool.Lo pueden juzgar ustedes mismos:Más allá de esta inspiradora viñeta, ya digo que el Tomo III trae mucho otro despliegue visual por el simple hecho de retratar una guerra tan colosal. En ese sentido, las circunstancias de la muerte de cada uno de los principales personajes durante la guerra tienen siempre una doble lectura y, para el lector sensible, se convierten en momentos de gran emotividad, como cuando el gran patriarca Bhishma (o Bhīṣma, el personaje de la portada) es atravesado por cientos de flechas y yace durante horas en agonía pero siempre lúcido e instruyendo con sabiduría y ecuanimidad a miembros de ambos bandos.Sin hablar de que el último tomo nos trae el final de la historia que, aunque fuera en blanco y negro o explicado con lenguaje de signos, sería igual de atrapante e imperdible.Por otro lado, esta tercera parte lleva el prólogo de Ramiro Calle, pionero del yoga en España y gran conocedor de la India, en el que explica: “en todo el texto del Mahabhárata subyace una sutil instrucción mística y filosófica y un profundo significado religioso de los acontecimientos que se narran. El dharma es el orden que rige, secreta e inexorablemente, todo el Universo, desde lo cósmico a lo personal; es la ley, el signo más allá del signo, y alcanza tanto a los vastos universos como a la persona. Hay en el Mahabhárata una persistente invitación a observarlo, cultivarlo y asumirlo”.Efectivamente, el mensaje esencial de la obra es espiritual y la guerra no es más que una metáfora que tiene muchos niveles de interpretación, que se van desvelando a medida que el lector profundiza en el texto, lo cual implica leerlo y releerlo. Por eso, esta versión resumida pero rigurosa y sincera es una muy buena forma de introducirse o también de ahondar en la sabiduría milenaria del Mahabhárata desde el poderoso ámbito visual.Presentaciones Pasando a cuestiones más prácticas, hay que darle mérito a la editorial mallorquina José J. de Olañeta y a Indica Books por, en tiempos de crisis, embarcarse en un proyecto que no tiene asegurado su éxito comercial. De todas formas, como dice Álvaro Enterría, la obra tiene toda la pinta de ir camino a “convertirse en un pequeño clásico”. De hecho, Indica Books la publicará próximamente en la India en un solo volumen en inglés, hindi y quizás en sánscrito.Para suerte de quienes vivimos en Barcelona o Madrid, los autores intelectuales y materiales de esta trilogía, junto al poeta Jesús Aguado, estarán presentando el último tomo en tres fechas y lugares. A saber:–Miércoles 14 de mayo, el auspicioso día de luna llena llamado Buda Púrnima (buddha pūrṇimā), en que se conmemora el nacimiento, iluminación y abandono del cuerpo del Buda, a las 19:00 en la librería La Central del Raval (C/ d’Elisabets, 6), en pleno centro de Barcelona.–Jueves 15 de mayo a las 18:00 en el Salón del Cómic de Barcelona (palacios 1 y 2 de Fira Barcelona Montjuïc; acceso por Avda. Reina María Cristina). Justamente el tema del Salón de este año es “la guerra” y, por tanto, ¿qué entorno más adecuado puede hablar para hablar de la “gran guerra del clan de los Bháratas”?–Miércoles 21 de mayo a las 19:00 en la librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica (c/ Fernando el católico, 86), esta vez en Madrid.Sabiendo todo esto, y situándote frente a esta imponente obra del cómic español pero también universal, puede que te pase como a Árjuna antes de la batalla y sientas que te sudan las manos, que te tiemblan las piernas y que se te eriza el vello del cuerpo… pero no desfallezcas, ¡levántate y cumple con tu dharma! Es decir, ven a una presentación si puedes o compra y lee un ejemplar de esta obra para el bien de la difusión cultural y de tu aprendizaje espiritual.No dudes más, Oh Árjuna, la batalla ya ha comenzado…Si quieres ver más extractos de la obra, incluidos los anteriores tomos, clica aquí.7 comentarios Blog de WordPress.com.



Buenas tardes Administración provisional. Toreo II y Administradores Torres Toreo I y prov Edificio de Estacionamiento.Les envío propuestas de tarjetón para cajón de estacionamiento con la experiencia como responsable de áreas comunes de Torres Toreo I, diseñamos con apoyo de compañeros de Diseño de la UNAM los tarjetones que anexamos los tres primeros dígitos corresponden a la clave del edificio, los tres siguientes corresponden al depto. y los tres finales al No. de cajón esto esta impreso en un rectángulo fluorescente.1.- Quien desee clonar el tarjetón sera fácil detectarlo con esta homoclave. (no pueden existir dos tarjetones con el mismo No. de cajón, depto. y edificio)2.- De las personas que rentan cajones tendrán que solicitar el tarjetón al administrador correspondiente y no como hoy que se rentan los que aun no ha entregado Demet.3.- En caso tarjetones perdidos la homoclave seria TARJREP4000 (tarjeton repocision numero consecutivo, esto es el numero que no se repita de la numeración de cajones)Para su identificación los colores corresponden a la leyenda de vecino al corriente, vecino moroso, acceso por veinte minutos para servicios (mudanzas, sears, viana, etc.) y la cuarta propuesta es para los cajones del edificio de estacionamiento.En cada uno tiene código de barras resultado de la homoclave para en un futuro con las plumas el acceso sea por medio de tu tarjetón y la administración de de baja al vecino que estando al corriente lo deje de estar y se realice el servicio de ingreso y salida de la unidad sin apoyo de los guardias.En ambos casos los tarjetones tienen el logotipo de la unidad y en el caso del edificio de estacionamiento ambos logotipos ya que en el cohabitan ambas secciones.En el edificio de estacionamiento la nomenclatura se propone sea igual pues todos los edificios de la unidad tienen los tres primeros dígitos y estos se pueden consultar en el acta constitutiva de ambas secciones.Esperando sus comentarios quedo de ustedes.Jose de Jesus Barrientos Trejo.Administrador Edificio Ankara.Responsable Areas Comunes Torres Toreo I.Edificio de estacionamientos.Vecino moroso.Vecino al corriente.Acceso por 20 minutos. Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.Únete a otros 191 seguidores





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